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Origen de la orden

Origen de la orden

La Orden de los PADRES BARNABITAS vio la luz, hace mucho tiempo ya, en el siglo XVI, en una época semejante a la nuestra, en la cual la Iglesia necesitaba de reformas para rejuvenecer su rostro.

San Antonio Mª. Zaccaria (1502-1539), un joven médico inteligente y dinámico, natural de Cremona, rico de una rápida y brillante carrera en los centros universitarios de Padua y Pavia, con la intuición profética de los santos, que Dios suscita en el pueblo cristiano, según las necesidades de cada tiempo, fue uno de los que dieron con el camino de la verdadera reforma que la Iglesia necesitaba, en aquella azarosa época de 1500.

Tomando el punto de partida de la doctrina del Apóstol San Pablo, con su simpática e iluminada actuación, se ganó la estima de un escogido grupo de jóvenes sacerdotes, entre los que son de destacar Bartolomé Ferrari y Jaime Antonio Morigia, galvanizándolos para un ideal apostólico dinámico y comprometido, después de que el mismo se habla hecho sacerdote; con cierta renuencia en verdad, por su humildad connatural.

Adelantándose mucho a las cerradas concepciones de sus tiempos, que relegaban inexorablemente a las monjas en el silencio de la clausura y de los claustros, lanzó también en el apostolado activo a un bien preparado grupo de Religiosas, imbuido como él, a su escuela, del ardiente espíritu paulino. Lo encabezaba una monja muy decidida, de fuerte personalidad, Paula Antonia Negri, que todos, por el prestigio alcanzado, llamaban "la divina Madre".

Así mismo no quiso prescindir de la preciosa colaboración de los seglares más conscientes de sus responsabilidades bautismales, para una penetración eficaz y capilar del mensaje evangélico en los hogares cristianos. Para esto pudo aprovecharse del apoyo, la inteligencia y la valiosa ayuda de la Señora Ludovica Torelli, condesa de Guastalla.

He aquí, pues, ya formadas las tres Congregaciones religiosas que de él tuvieron vida y; en orden cronológico son: LOS CLÉRIGOS REGULARES DE SAN PABLO APÓSTOL (BARNABITAS), 1533; LAS ANGÉLICAS DE SAN PABLO, 1535; y, a la vez, los "CONYUGADOS", la tercera orden para los matrimonios, que, "a causa de su condición de casados, no podían entrar en una congregación religiosa".

El centro de todo ese movimiento religioso renovador lo constituyó una iglesia de Milán, dedicada a San Pablo y Bernabé (en italiano Barnaba), de donde ese nombre algo raro de "Barnabitas" a los sacerdotes que allí se instalaron. Desde allí dirigían y orientaban en sentido evangélico, tomado al pie de la letra, todo un programa de pobreza, humildad y caridad, que Italia y el mundo occidental entonces habían olvidado.

Sabido está: desde unos 400 años la Iglesia venía luchando en contra de las peores dificultades procedentes sobre todo de sus propios miembros e instituciones.

El clero ya no era esa "lámpara" que "no se puede poner bajo el celemín" sino que desde el candelabro ha de resplandecer con toda su brillantez para cuantos hay en la casa. Tanto el alto como el bajo clero vivían una de las más angustiosas crisis por la que pasó la Iglesia: ignorancia, relajación, concesiones a valores a menudo contrastantes con el Evangelio eran características que saltaban violentamente a la vista en el contexto clerical de los siglo XV y XVI. Incluso en los monasterios femeninos, a pesar de multiplicarse las verjas, abundaban de gente mundana, falta de todo sentido de sacrificio y de vocación. 

Los hogares cristianos aceptaban las vivencias paganas, devueltas a la luz por los cultores del mundo clásico romano y griego. Incluso el mismo solio pontificio se veía algo afectado por aquella oleada de paganismo.

De allí los intentos de la REFORMA, en principio, desde el interior de la misma Iglesia, a través de grupos de personas -laicos y clérigos- conscientes de la necesidad de llevar a cabo un cambio radical "in capite et in membris", es decir, que involucrara la totalidad del universo eclesial: clero y laicos y, después, en contra de la misma por medio de la acción reformista llevada a cabo por Lutero, Calvino, etc. 

De allí también las tres directrices de la Reforma Zaccariana dirigidas hacia el clero, los conventos de religiosas y los matrimonios, para una nueva floración de la auténtica vida cristiana en cada uno de estos sectores.

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